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V O I D

Narrativas sonoras del planeta Marte

Residencia Virtual por Asaph Sánchez
abril 6, 2022 asaph



VOID: Narrativas sonoras del planeta Marte

Primera entrega

Basado en el cuento «El picnic de un millón de años» escrito por Ray Bradbury en Crónicas Marcianas en 1950, este track incluye sonidos grabados en Marte por el rover Perseverance de la NASA el 19 de febrero de 2021.

¿Qué es lo que revelan los sonidos de los instrumentos del Perseverance? April 1, 2022

«Un pájaro nocturno gritó entre las ruinas.

—Vuestra madre y yo procuraremos instruiros —dijo papá—. Tal vez fracasemos, pero espero que no. Hemos visto muchas cosas y hemos aprendido mucho. Este viaje lo planeamos hace varios años, antes de que naciérais. Creo que aunque no hubiese estallado la guerra habríamos venido a Marte y habríamos organizado aquí nuestra vida. La civilización terrestre no hubiese podido envenenar a Marte en menos de un siglo. Ahora, por supuesto…

Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.

—Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.

—Ahí están —dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.

Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.»

Bradbury, Ray (1950) Crónicas Marcianas



Segunda entrega

Basado en el cuento «Estoy en Puertomarte sin Hilda» escrito por Isaac Asimov en 1957, Espaciolina es una pieza de saxofón tenor, efectos y papel aluminio que narra lo que podría ser un malviaje con esta adictiva droga.

«-¿Qué clase de contrabando?

-Del peor. Espaciolina alterada.

-¿Espaciolina alterada?

(…) Sabía lo que era la espaciolina. Si ustedes han realizado un vuelo
espacial lo sabrán también. Y si no han salido de la Tierra, el hecho es que todo el mundo la necesita en el primer viaje espacial; casi todo el mundo la necesita durante la primera docena de viajes, y numerosas personas la necesitan además en todos sus viajes. Sin ella, uno siente vértigos acompañados de desvanecimientos, terrores y trastornos mentales casi crónicos. Tomándola, no pasa nada, no importa nada. Y no crea hábito ni tiene efectos secundarios perjudiciales. La espaciolina es ideal, esencial,
insustituible. En caso de duda, tómenla.
-Eso es, espaciolina alterada -dijo Rog-. Mediante una simple reacción, que puede
llevarse a cabo en cualquier sótano, es posible cambiar sus propiedades químicas
haciendo de ella una droga capaz de provocar una tremenda dependencia,
convirtiéndose entonces en hábito desde la primera vez. Se puede equiparar a los
alcaloides más peligrosos que conocemos. “

Asimov, Isaac (1957) Estoy en Puertomarte sin Hilda

Animación por JC Peláez

 

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Tercera Entrega

Como parte de las actividades de la residencia virtual VOID, se presentó una pieza de arte sonoro en Cine Tonalá el pasado 29 de abril de 2022. Esta pieza explora los primeros sonidos marcianos basada en el cuento «El picnic de un millón de años» escrito por Ray Bradbury en Crónicas Marcianas en 1950 y  en «Estoy en Puertomarte sin Hilda» escrito por Isaac Asimov en 1957.

foto: Raúl Raya

Esta narrativa sonora explora texturas y sonidos generados por llaves, metales, papel aluminio y grabación de campo.

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Cuarta Entrega

Basado en el cuento «El marciano» de Ray Bradbury, sobre un marciano capaz de adoptar la forma que anhelan quienes están a su lado. Ghost incluye una grabación realizada por el sismómetro SEIS del Lander InSight el 16 de julio de 2019.

«-¿Estás realmente aquí? ¿No es un sueño??< -Tú quieres que esté aquí, ¿no? -El chico parecía preocupado. -Sí, sí, Tom. -Entonces, ¿por qué me preguntas? Acéptame… -Pero tu madre… la impresión… -No te preocupes. Estuve a vuestro lado, cantando, toda la noche, y me aceptaréis, especialmente ella. Espera a que venga y lo verás. Tom se echó a reír sacudiendo la cabeza de rizado pelo cobrizo. Tenía ojos muy azules y claros. La madre salió del dormitorio recogiéndose el pelo. -Buenos días. Lafe, Tom. ¡Qué hermoso día! Tom se volvió hacia su padre y se le rió en la cara. -¿Ves? Almorzaron muy bien, los tres, a la sombra de detrás de la casa. La señora La Farge descorchó una vieja botella de vino de girasol, que había apartado en otro tiempo, y todos bebieron un poco. El señor La Farge nunca la había visto tan contenta. Si Tom la preocupaba, no lo demostró. Para ella era algo completamente natural. La Farge comenzó a pensar también que era natural. Mientras mamá lavaba los platos, La Farge se inclinó hacia su hijo y le preguntó con aire de confidencia: -¿Cuántos años tienes, hijo? -¿No lo sabes? Catorce, por supuesto.>
-¿Quién eres, realmente? No es posible que seas Tom, pero eres alguien. ¿Quién?»

Fragmento de el Marciano escrito por Ray Bradbury publicado en Crónicas Marcianas (1950)

Más información sobre sonidos extraños del planeta Marte en este artículo.
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Quinta entrega
En el marco de la residencia virtual VOID, realizamos una convocatoria de microcuento entre los integrantes del Gran Colisionador de textos especulativos. «Desolado» es una pieza basada en el cuento «Guerra» por Ariadna Ramírez.

Guerra

Por Ariadna Ramírez

Suena la alerta, significa que tienen que huir a los refugios. La poca población que queda en esa parte del planeta, que luchó por sobrevivir y habitar ese lugar, tiene que escapar. Muchos estaban preparados, tenían sus cosas listas, una maleta de emergencia.

El planeta luce desolado por la vasta destrucción. El suelo, antes rojo, se pinta de tonalidades grises y el cielo está cubierto por una inmensa masa negra que ahogaría a cualquiera de no ser por los cascos respiratorios que usa la gente.

Alrededor de las calles se pueden ver los anuncios de las diferentes empresas y políticos que invitan a viajar hacia al nuevo mundo, una nueva oportunidad para emigrar hacia un mejor futuro.

La gente corre ante los estallidos de las bombas que detonan en varios lugares. La nueva universidad, recién inaugurada pocos meses atrás, es consumida por las armas químicas que la corroen mientras los gritos de las personas resuenan antes de que se apaguen sus vidas.

El llanto de una niña perdida, ignorada por la multitud, es ahogada en el momento en que un vehículo militar le pasa por encima. Nadie parece notarlo y sus restos quedan a la orilla del parque donde solían convivir las familias.

Los pocos afortunados que lograron llegar a un refugio se toman de las manos. Algunos al fondo, que aún conservan un poco de fe, rezan de rodillas rodeados de imágenes y sus libros sagrados. 

En ese pequeño búnker, las lágrimas, los sollozos y los gritos ahogados forman un coro que al unísono se intensifican al estallar las bombas nucleares.

Un hombre aferra un maletín contra su pecho. Tiene asegurado su pase, si todo sale bien y la base espacial queda intacta después de los bombardeos. Podrá escapar al nuevo planeta, su salvación, y será de los pocos que posee esos tesoros.

Llega la calma, el suelo deja de moverse y del techo ya cae polvo. Nadie se atreve a moverse, y una pregunta colectiva corre por sus pensamientos ¿por fin terminó?

Abren la escotilla. Solo se ve la devastación, cadáveres y fragmentos de la vida que una vez conocieron en ese lugar. Al principio el planeta se mostró hostil e indomable, pero los humanos lo conquistaron y amoldaron a su rutina. Ahora quedaba demolido por la necedad de querer adueñarse de todo.

La breve pausa de la guerra da oportunidad a los sobrevivientes para tratar de alcanzar las naves espaciales. Es momento de escapar del planeta rojo, decirle adiós a Marte. Ya no queda nada aquí más que muerte y ruina, lo que ahora desean es viajar al Kepler-452b, el que, de seguro, será el verdadero planeta salvador.

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Sexta entrega
En el marco de la residencia virtual VOID, realizamos una convocatoria de microcuento entre los integrantes del Gran Colisionador de textos especulativos. «Dance» es una pieza basada en el cuento «Lasya» por Eduardo Omar Honey Escandón.

Lasya

Eduardo Omar Honey Escandón

para Verónica Vital Yep

Siempre recuerdo cuando te atrapé en el módulo de carga. Era un área donde las cámaras tenían un punto ciego y se daban allí las citas amorosas. Para evitar imprevistos, un listón amarillo en amarrado en la compuerta era la señal.

No recuerdo si fue distracción mía u olvidaste poner el listón. Tenía en mente que en menos de treinta días llegaríamos a Marte y aún no terminaba el kit de pruebas.

Entonces, al doblar en el pasillo que da al módulo, ese espacio de ciento veinte metros cúbicos para maniobras, vi cómo girabas en la gravedad cero. Tu cuerpo trazó un arco y al topar con el muro derecho, te sujetaste de uno de los tubos de agarre, apoyaste ambas piernas con elegancia y te impulsaste en algo que después dirías que era un Grand Jeté. Extendías y retraías tus extremidades en una completa y etérea coreografía bajo una música que yo no escuchaba. Luego de un movimiento donde tu cuerpo expresó el fluir de una corriente por debajo de la superficie de un tranquilo lago, quedamos frente a frente. 

Me di cuenta que habías danzado con los ojos cerrados. Con un gesto rápido detuviste tu vuelo al tocarme el pecho e impulsarte con una vuelta para atrás.

—Lo siento, creí estar a solas —te disculpaste tras quitarte los audífonos y apagar la música. Luego, con el sonrojo en tu faz, huiste del lugar. 

Entre casi mil tripulantes no recordaba tu nombre, menos a cuál grupo de actividades pertenecías. No quise darle importancia y fui por el material que necesitaba.

 

Noventa días más tarde me tocó descender a la superficie y empecé con las tareas que nos tocaban como parte del grupo de exobiología. La base la ubicaron cerca de uno de los mayores lagos subterráneos detectados en las primeras misiones. En un estúpido accidente dentro de un invernadero para cultivo, logré fracturarme la tibia y el peroné. 

Tras un periodo de reposo me enviaron a rehabilitación. Así nos encontramos por segunda vez. En cada sesión cobramos mayor confianza y supe de tu carrera en danza como en medicina del deporte. Finalmente una tarde de azul ocaso, luego horas de charla, me contaste lo que era tu sueño y cómo dejar huella.

Me disculpé por mi intromisión tiempo atrás y te ofrecí ayuda. Un parpadeo de tus ojos y tu sonrisa fue el sí.

Pasaron semanas de preparación y ensayo a escondidas. El día que elegimos, aniversario de la fundación de la base, salimos con cuatro cámaras, un juramenteo del operador de comunicaciones y el nerviosismo a cuestas.

Portabas uno de los trajes de unipiel, delgado y transparente que mostraba tu figura cubierta por una tela entallada. Monté tres de las cámaras para generar una visión estereoscópica y la última la lancé a la delgada atmósfera. Tomaste posición y, al verte cerrar los ojos, avisé al operador .

Sonó la música que teníamos lista y apareció el video en las pantallas de la estación. Inició tu coreografía, la primera creada y danzada en Marte. La práctica en el espacio ayudó a mantenerte en forma y prepararte para una gravedad mucho menor.

De nuevo, me perdí en tus trazos, en tu ir y venir, en tus giros, en tus Grand Jeté, en el lenguaje de tus brazos, en las expresiones de tu rostro. Al terminar, sonreías en comunión total. Cuando te diste cuenta de las ovaciones, del griterío, de los aplausos que llegaban por la radio, te erguiste y agradeciste a la vastedad de la llanura, al espacio, al futuro. No hay cosmos sin danza.